jueves, 10 de agosto de 2017

Noche de togas y birretes

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Siempre te ha llamado la atención cómo, en un mar interminable de cabecitas que a la distancia parecen iguales, puedes distinguir perfectamente al objeto de tu afecto. Lo distingues a lo lejos y en el segundo que lo reconoces sientes un salto en el corazón. Y es que no parece fácil saber quién es quién cuando todos llevan toga y birretes de idéntico color.

Hay que aprovechar que aún es de día y que hay abundante luz para las fotos de rigor. Ya tienes una anterior del fin de la etapa escolar, ahora se sumará una nueva que indica el fin de los estudios universitarios. Ya serán dos las imágenes que mostrarás con orgullo a quien quiera verlas... y a quien no quiera verlas también.

Se acomodan los asistentes en el recinto especialmente habilitado para la ocasión. Desde tu sitio cuentas las filas de sillas, multiplicas las hileras y concluyes que son 300 las cabecitas que viste un rato antes entre las que pudiste distinguir la que motiva que estés ahí.

De un momento a otro, la iluminación cambia, todas las luces se dirigen a la entrada y empieza el desfile de autoridades y profesores universitarios. Son varias facultades las reunidas ese día, por eso hay tantas personas entre muchachos con toga y birrete, y personalidades universitarias a cargo de la ceremonia.

Todo se desarrolla con orden casi cronométrico. Cada quien tiene su lugar, quien te interesa está casi delante de ti, a varios metros de distancia. Como están todos sentados en orden, vas a saber cuánto falta para que mencionen su nombre y deba pasar al frente para recibir su diploma. A pesar de los reiterados pedidos de mantener el silencio y esperar el momento adecuado para aplaudir, algunos no se aguantan y aplauden y vitorean cuando no se debe. Nunca faltan...

De repente oyes un nombre muy familiar, uno que en su máxima abreviatura has pronunciado infinitas veces. Se pone en fila, recibe su diploma, ves cómo le pasan la borla de un lado al otro para indicar que pasó del grupo de los graduandos al de los graduados.

Una vez que desfilaron todos en orden, uno por uno, anuncian que pasarán a reconocer a los alumnos más destacados de ese enorme grupo, a los que han logrado el primer puesto de cada facultad, siempre en orden alfabético. Vuelven a pedir al público que contengan las expresiones de júbilo hasta que los premios hayan sido entregados, pero nunca faltan los que no hacen caso.

Es eso, llega la facultad que te interesa. El nombre que anuncian es el mismo nombre familiar que esperabas oír y aplaudes a rabiar, y hasta gritas porque ya no importa nada. Y como vivimos en un mundo de tiempo real, anuncias por mensajería instantánea lo que acabas de escuchar.

Poco después, el orgullo se manifiesta frente a frente, con abrazos, sonrisas, felicitaciones y más fotos que se sumarán a las que mostrarás feliz a quien quiera verlas... y a quien no quiera verlas también.

Como hubiera dicho tía Angelita: ¡Bravo, chilín!

jueves, 3 de agosto de 2017

Recordando un almuerzo especial

Se acerca una fecha especial en la familia. Repito esta entrada publicada originalmente a finales de 2013 (por eso se habla de playa y verano) como homenaje al protagonista del importante acontecimiento que se acerca.
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Es un jueves decembrino cualquiera. Vas caminando por la avenida miraflorina más representativa y comercial cuando oyes sonar tu celular en el bolsillo. Es un timbrado personalizado y desde que lo escuchas, sonríes. Sabes quién llama desde las primeras notas, y lo confirmas cuando escuchas esa voz que hace tiempo dejó de ser vocecita.

Después del breve saludo precedido por ese diminutivo de tres letras que es casi su propiedad exclusiva, la exvocecita te dice:
- Voy a ir a la playa a eso de las 11 a. m. ¿Puedo almorzar en tu casa después?
- Esa pregunta ni se pregunta- respondes.
- Ya, te llamo en un rato para decirte la hora en que voy a llegar.

Cumpliendo lo ofrecido, el mismo timbrado suena a los pocos minutos. Te dice que calcula que estará en tu casa a la 1:30 p. m. y que va con un amigo. Le pides que te confirme cuántos comensales serán en total porque justo ese día ibas a comprar almuerzo para ti. Te dice que son él y un amigo. Son tres almuerzos en total, te dices.

A la una en punto estás en el restaurante donde compras los almuerzos cuando no hay nada preparado en casa. No altera tus planes, solamente debes agregar dos órdenes para los acompañantes que te cayeron en suerte, literalmente. Miras la lista de platos del día y escoges lo mismo para los tres. Pagas, esperas y al cabo de cinco minutos estás rumbo a casa, a una cuadra de distancia. Miras la hora, 1:15 p. m.

Dispones los sitios en la mesa, acomodas los respectivos cubiertos en cada lugar, con sus respectivos vasos. Todo mientras escuchas la radio, que siempre está más cerca de la gente.

Casi 15 minutos después, tocan el timbre. Miras por la ventana antes de abrir la puerta, aunque sabes muy bien quién es. Lo abrazas, saludas al amigo y, previa lavada de manos, se sientan a comer. Hablan de todo y de nada, alaban la comida, te resumen su día de playa, hablan de sus planes para el verano que ya se anuncia, les cuentas tus novedades, se ríen de cosas tontas.

Terminada la comida, dices que debes volver a trabajar. Ellos lo saben, se despiden, los ves partir. La casa ha quedado revuelta, llena de arena que barres rápidamente.

Son huellas de un almuerzo especial que ojalá se repita, como le dijiste casi al oído al momento de la despedida. Claro que si, te asegura. Sabes que así será.

miércoles, 26 de julio de 2017

El taxi del bolero

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Hace pocos días, tres hermanas se fueron a almorzar comida de su tierra. Había motivo para celebrar pues la menor de las tres vive en otra ciudad y aunque siempre están comunicadas, no pierden ocasión de reunirse cada vez que pueden. Y más si acompañan la ocasión con delicias que han sabido transmitir a hijos y nietos.

Al terminar la comida, decidieron ir a la casa de la hermana mayor a tomar café y seguir la buena charla. Así que juntas tomaron un taxi. Las tres tienen ya una edad respetable y por eso han decidido no manejar más. Han optado por la cómoda solución de ser pasajeras... y conductoras teóricas sentadas en el lado del copiloto, con freno imaginario. Pero ese es otro cuento.

El restaurante queda en una avenida transitada, por lo que no les costó trabajo encontrar rápido un taxi que las llevara cómodamente.

No habían estado ni dos minutos en el auto cuando a las dos mayores les llamó la atención la música que escuchaba el taxista, también de respetable edad. Eran boleros, de los antiguos, de los que solamente conocen quienes los oyeron cuando eran nuevos, cuando estaban de moda. De cuando se sabían la letra de todas las canciones y conocían a todos los cantantes. Dicen que podemos identificar cuáles son "nuestros tiempos" si conocemos todas las letras y a todos los cantantes".

Fue oír la música, reconocer la canción y casi como un acto ensayado, las dos hermanas mayores arrancaron a cantar a la vez. Cantan bien las hermanas, tienen una voz muy bonita, y cuando cantan juntas hacen un dúo estupendo.

Tímidamente, el taxista las acompañaba. La hermana menor, tan menor que es casi de la generación siguiente, se limitó a escuchar.

Así se fueron todo el camino los tres, cantando y comentando sobre cantantes y voces. Desempolvaron de la memoria letras que habían estado durmiendo por años en sus cerebros, y que al primer acorde, acudieron presurosas para decir "presente".

Llegaron a su destino en un recorrido que, sin duda, les pareció tan rápido como una canción.
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A pocos días de las Fiestas Patrias del Perú, ¡feliz 28!


miércoles, 12 de julio de 2017

Historia de un mochilero

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Hace algún tiempo, me enteré del viaje de alguien cercano y querido a lugares lejanos. A raíz de eso, se me ocurrió esta historia.

MI NIETO, EL MOCHILERO

La noticia me llegó por WhatsApp, una breve línea que me sobresaltó:
- Me voy a Tailandia.

Después de la sorpresa inicial, le contesté con preguntas:
- ¿Cómo, cuándo? ¿Vuelves? –tal vez la última era la más importante. Debo ser la única que pone la interrogación de inicio al usar el teléfono.
- Backpacking por el sudeste asiático. Del 10 de julio al 10 de agosto.

Tailandia… Sudeste Asiático. Relaciono esos nombres con lugares exóticos. Me pregunté si podría señalarlos en un mapa. Mi nieto tiene ya 22 años, está en sus ciclos finales en la universidad, ha cursado sus estudios siempre con buenas notas y siempre entre los mejores puestos de su facultad. Sus méritos son propios y son reales, el orgullo de abuela se hincha solito cuando hablo de él.

Su partida estaba programada para un domingo en la noche. Ese día, hubo un almuerzo familiar para despedirlo, desearle buen viaje y llenarlo de muchas recomendaciones, que él aceptó con paciencia heroica. Es muy paciente, sonríe mucho. Estalla a veces, pero no en esta ocasión.

A la hora de su partida, calculaba todo con el reloj en una mano y la tableta con los horarios del aeropuerto en la otra. A esas alturas, solamente podía desear que todo le saliera bien, que regresara contento, lleno de cosas por contar y, ojalá, enriquecido por la experiencia vivida en lugares tan lejanos.

Su itinerario incluía varias ciudades de Tailandia, Vietnam, Camboya. Desde mi cómodo lugar en casa, estas palabras evocaban películas, noticias buenas y de las otras; en algunos casos, nombres que han marcado a toda una generación, y no siempre para bien.

Esperaba que en el caso particular de mi nieto, todo fuera para bien.

A lo largo de todo el mes que duró su viaje, me mantuve al tanto de su estado y su recorrido a través de su mamá, que gentilmente me reenviaba los mensajes que le mandaba por WhatsApp. Así siempre supe cómo le estaba yendo, de manera indirecta.

Hasta que me animé a escribirle yo:

- ¿Todo bien, hijito?

No me inquietó que su respuesta demorara horas en llegar. Es más, llegó durante la noche. Mi noche, en lo que para él era pleno día.
- Si abu todo bien.

Alguna vez pensé que nunca llegaría a acostumbrarme al estilo de “redacción telefónica”, pero cuando recordé cómo se redactaban los telegramas supe que no hay nada nuevo bajo el sol.

Días más tarde, esta vez de manera espontánea, me hizo llegar la foto de una playa en la que estaba. Un paradisíaco mar azul. Yo me congelaba en Lima, más durante la noche, que fue cuando recibí la imagen. Dejé de tiritar un momento para dar gracias de que estuviera disfrutando.

Estaba contento y eso era lo más importante.

El resto de los días que le quedaban de viaje siempre supe por dónde andaba. No llegué al extremo de marcar con banderitas un mapa de la zona, aunque tal vez lo hubiera hecho de haber tenido el mapa. Me hubiera sentido como en esas antiguas películas de guerra donde los jefes marcan con diferentes colores los avances de su propio ejército y del contrario.

Lo que sí marcaba eran los días que faltaban para su regreso. Tenía un calendario donde ponía marquitas rojas a cada día transcurrido. Cada día, una nueva marca. Hasta que esas semanas parecieron llenas de feriados por las marcas rojas que llenaban los espacios. El 10 de agosto, día del regreso, tenía un gran círculo azul.

Por fin el círculo azul estaba a un día de distancia. Y sin darme apenas cuenta, llegamos al círculo azul. Era el día en que mi nieto mayor llegaba de su periplo al otro lado del mundo.

¡Qué lento se me pasó ese mes!

¿Se sentirán también así las abuelas de los muchachos tailandeses que vienen al Perú a mochilear?

El avión tenía previsto llegar a las 6:00 de la tarde, pero llegó unos minutos antes. No me lo dijo la página web del aeropuerto, sino mi WhatsApp:
- Llegué!!!

El suspiro de alivio que emití fue muy sonoro. Escuetamente respondí con dos caritas felices.

Con la certeza del final satisfactorio de una gran aventura, agradecí vivir en una época en la que pude acompañar virtualmente a mi nieto en su largo viaje, saber cómo le iba casi cada día, ver las fotos de los lugares que estaba visitando y lo bien que lo estaba pasando.

Esa sensación se confirmó dos días después, cuando compartimos otro almuerzo familiar donde ya no hubo recomendaciones ni consejos, sino anécdotas y relatos de acontecimientos vividos en ese mes que, en buena cuenta, se pasó rápido:
- Mira, abu, acá hay más fotos de esa playa.
- ¿Qué playa?
- ¿No te acuerdas? Pero si te mandé la foto por WhatsApp.

sábado, 1 de julio de 2017

Habla la quinta rueda del coche

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Un diario peruano tiene una sección de recetas y uno pensaría que cada día publican una receta diferente. Pero no, ahí vemos repetirse interminablemente roastbeef con cebollas caramelizadas, piadina, pizzitas de masa gruesa, chaufa blanco y dos o tres más que aparecen sin orden ni concierto en un espacio que al diario le haría ganar más si lo llenara con publicidad pagada.

La contracarátula del mismo diario está dedicada a noticias de farándula. Lo cierto es que solamente es legible el título de las noticias, porque el resto viene redactado en letras blancas mínimas dispuestas sobre un fondo fucsia que las vuelve invisibles. En realidad, es trabajo de redactores tirado al agua.

Un canal de televisión que lleva el descubrimiento en su nombre cuenta con un espacio llamado "Momentos" en su tanda de comerciales. Bien podrían ahorrarse esa S final porque en gran parte del tiempo que veo ese canal, siempre es el mismo momento: dos hombres con notorio acento del país del vallenato están perdidos en la selva (ya sé que no tiene ningún sentido, pero ahí están en medio de la selva), y están viendo cómo cruzar en río sin gasto calórico y cómo encontrar alimento. Entonces divisan un caimán blanco y el resto se lo pueden imaginar. Al menos yo lo imagino como siete veces por hora, eso sin contar que a veces los veo dos veces en un mismo corte comercial. Además, algunas tandas comerciales duran más de de ocho minutos. Sí, he contado el tiempo.

Una empresa que presta servicio de cable retira sin explicación un canal de series y películas. Simplemente, un día vemos la pantalla negra en vez de la programación habitual y un aviso que dice "Estamos trabajando para brindarle mejoras". Un año después, no hay ni media mejora, al contrario, solamente tienen peoras.

Un banco decide dejar de operar en once países, entre ellos el mío. Sus explicaciones no me satisfacen así que decido cancelar la tarjeta de crédito de ese banco que jamás usé pero que tenía "porque nunca se sabe". Cuando me preguntan la razón de la cancelación respondo: "si su banco ha decidido dejar de confiar en mi país, yo decido dejar de confiar en su banco". Intentan convencerme, hasta me dicen que me devuelven los gastos que haga con esa tarjeta de crédito de ese mes (!!!), no saben qué ofrecerme con tal de que no cancele mi tarjeta. Cuando les pido el libro de reclamaciones, a regañadientes me entregan los papeles para proceder con la cancelación.

Un canal británico de entretenimiento decide suspender sus transmisiones para Latinoamérica. Así, de un plumazo, me quedé sin ver cómo vive el detective victoriano más famoso en pleno siglo XXI, a los dragones casi comerse a emprendedores que defienden sus productos con uñas y dientes, las más divertidas entrevistas donde los famosos revelan entre risas secretos que nadie se hubiera imaginado.

Así es, nos tratan como la quinta rueda del coche.

domingo, 18 de junio de 2017

Historia simple en tres ruedas

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Venía caminando por una tranquila calle cerca de mi casa, cuando un poco adelante de donde estaba vi a una mujer que avanzaba al lado de un niño en un triciclo. Le calculé al niño tres años, se desplazaba sin problemas sobre las tres ruedas, al mismo ritmo y velocidad que la mujer. Ninguno hablaba.

Cuando llegaron al borde de la vereda, los dos se detuvieron. Ella miró a ambos lados para confirmar que no venían autos y que podían cruzar tranquilamente. Cuando estuvo segura de eso, se volteó y con la mano le indicó al niño que podía cruzar.

Es cierto que se acercaba un auto, pero estaba a más de una cuadra de distancia. Tenían tiempo de sobra para cruzar, llegarían al otro lado sin problemas mucho antes de que el carro siquiera pudiera verlos.

Yo seguía caminando en dirección a ellos, disfrutando de la escena.

La mujer avanzó hasta que casi cruzó la pista completamente y cuando ya estaba en la vereda del frente, el niño recién vio que venía el auto. Estaba lejos, no iba a pasar nada. Seguramente la mujer esperaba, al igual que yo, que el niño siguiera avanzando con su triciclo. Le faltaban pocos metros para llegar al otro lado.

Pero el pequeño optó por algo distinto. Tras poner la cara de asombro más absoluto que he visto en mi vida, se bajó de un salto al suelo, agarró uno de los lados del timón de su vehículo y, jalándolo con las dos manitos, corrió muy rápido, de vuelta a la vereda desde donde había cruzado.

La mujer regresó con paso rápido a donde estaba el niño. Cuando ya estuvo a su lado, recién el auto pasó sin correr, probablemente sin imaginar el revuelo que a su paso había causado.

Yo ya estaba más cerca, y logré oír este diálogo:
- ¿Por qué regresaste? Hubieras terminado de cruzar, ya casi estabas al otro lado -dijo la mujer, entre risas y cariños al niño.
- No sé -respondió él, encogiendo los hombros.

Ella esperó a que el niño volviera a sentarse en su triciclo, y cruzaron la pista, juntos esta vez. Los vi hasta que voltearon por la esquina y desaparecieron de mi vista en una (casi anodina) mañana de otoño limeño.

A los papás lectores de este blog, feliz Día del Padre.


martes, 6 de junio de 2017

Otra novela al paso

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Era un día de semana, temprano en la mañana. Debía hacer una rápida gestión cerca de la casa que en total me tomaría menos de 15 minutos, así que decidí salir de una vez antes de emprender mis obligaciones diarias.

Era temprano en la mañana, pero ya había pasado sobradamente la hora habitual de entrada a los colegios. Por eso me llamó la atención una niña de unos diez años parada en una de las esquinas por las que pasé.

Estaba sola, con su mochila al hombro, con un atuendo que era inconfundiblemente un uniforme escolar. Iba impecablemente peinada con una larga trenza que le caía por la espalda. En los breves momentos que pude verla, noté que miraba con impaciencia por la calle, en el sentido del tránsito.

Era evidente que esperaba a alguien que la fuera a recoger. Aunque la imagen de la colegiala que obviamente iba a llegar tarde al colegio me llamó la atención, mi prisa por regresar no me permitió darle más vueltas al asunto.

Casi diez minutos después, desanduve lo andado y pasé exactamente por la misma ruta en sentido contrario

Entonces la vi de nuevo. La niña seguía parada en el mismo lugar donde había estado momentos antes, era una estampa casi idéntica a la anterior. La diferencia era la expresión de su cara, su preocupación era evidente.

Eso bastó para inventar otra novela al paso. A partir de aquí, todo es invención mía.

El día anterior, la niña recibió una llamada de su papá, que no vive con ella, y le dijo que iría a recogerla temprano para llevarla al colegio. La niña aceptó encantada, aunque con algo de preocupación pues sabe que entre las muchas cualidades de su papá no se encuentra la puntualidad. Una cosa es llegar tarde a la casa de una amiga, otra cosa es llegar tarde al colegio. Peor cuando hay examen a la primera hora.

Así que al rato llamó a su papá para pedirle con ese tonito que sabe que su papá no puede resistir que por favor no llegara tarde al día siguiente, que tenía examen en la primera hora y que además tenía que entregar una tarea que había estado haciendo durante días.

Y ahora, ¿por qué se demora?,  pensaba la niña, mientras miraba por la calle donde sabía que el carro azul de su aparecería de un momento a otro. No tenía reloj, pero sabía que los minutos pasaban imparables.

Justo antes de voltear por la esquina, a una cuadra de donde vi a la niña minutos antes, le dirigí una última mirada. Respiré de alivio cuando la vi subir al auto azul de su papá, a quien saludó con una enorme sonrisa.

Las explicaciones seguramente llegaron casi de inmediato para un final feliz de esta nueva novela al paso.

viernes, 26 de mayo de 2017

Ver televisión en el siglo XXI

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Trece jueves al año desde 2014 me prendo del televisor para ver una serie española que me encanta, Cuéntame cómo pasó. La descubrí por casualidad cuando andaba por su tercera temporada, y hace pocos días vimos el capítulo final de la décima octava temporada.

Vaya que ha pasado el tiempo.

Cuántos jueves habré estado siguiendo las alegrías y tristezas de los Alcántara, más de 300 si contamos los capítulos totales. En los primeros tiempos, si alguna razón me impedía verla en directo gracias al canal español en cable, lo grababa y lo veía en cuanto podía. Y así fue hasta que los adelantos permitieron prescindir de la grabación, pues el sitio web del canal que transmite la serie permite ver los capítulos con un clic.

Desde hace pocos años, veo la serie en línea, en vivo, a la misma hora que la transmiten en España. O sea que la veo a la par que el público que sigue desde la península a esta familia a la que le ha pasado casi de todo.

Recuerdo otros tiempos, cuando grande era nuestra suerte si lográbamos ver una temporada completa de la serie que nos gustaba, aunque fuera cinco años después.

Desde hace dos años, no solamente veo Cuéntame en vivo sino que además la veo mientras la comento con otros cuentamaníacos que también se pegan al televisor trece jueves al año. Todo gracias a Twitter, esa red social de la que alguna vez me expresé de manera burlona. Es de sabios rectificarse.

Entonces, mientras para mí son las 3:50 pm o 4:50 pm, dependiendo de la hora en España, para mis amigos europeos son las 10:50 pm. Mientras para mí es plena tarde, ellos ya están dando por terminada su jornada y se acurrucan cómodamente a ver la serie por televisión mientras yo la veo en la computadora, rogando por tener buena señal, que no se corte.

Nos hemos autodenominado "La cuadrilla de San Genaro", y cada semana vamos creciendo. Ahí nos encontramos Fran Castaño, Sasa, Elena, Rubén Millares, Alma Blog y Sandra Snow, Mención aparte merece Lucía Froncová, que nos acompaña desde Eslovaquia y en perfecto castellano nos cuenta que su abuela, a quien siempre mandamos saludos que ella responde, no entiende por qué su celular suena tanto tan tarde en la noche todos los jueves. Hasta la cuenta oficial de la familia Alcántara se nos ha unido últimamente. A ver si en algún momento tambén vemos por ahí a Ariadna, panameña a la que conocí hace años, gracias a Cuéntame también.

Cada semana, de alguna manera nos enteramos de la etiqueta con la que vamos a seguir el capítulo del jueves que viene. Ya el mismo jueves, alguno de la cuadrilla toma lista para ver si estamos completos, y si alguno no contesta, pues no paramos hasta saber dónde está.

Es una carrera ver Cuéntame con un ojo y con el otro leer los tuits y notificaciones que llegan conforme avanzan el capítulo. Una vez se me colgó la computadora en ese frenesí y perdí diez preciosos minutos de la trama, así que desde ese día veo Cuéntame en mi laptop, mientras en la computadora "grande" leo y respondo los tuits de este loco grupo de cuentamemaníacos, tuiteo lo que se me ocurre, veo lo que otros seguidores fuera de esta cuadrilla internacional dice, les respondo. El intercambio es infinito.

Termina el capítulo pero no terminan los tuits. A mí me asombra que, a pesar de ser ya de madrugada para los demás, sigan con ánimos de comentar que si Antonio dijo esto, que si tal frase de la abuela Herminia los emocionó, si renegaron con la actitud de tal o cual personaje.

Por increíble que parezca, horas más tarde vuelvo a ver el mismo capítulo, ya en la tranquilidad de la noche, por cable. Tengo ocasión de fijarme en los detalles que pasé por alto en la transmisión en linea.

A estas alturas, no me cabe duda de que ver televisión en el siglo XXI sabe más a futuro que esas imágenes de autos voladores y gente andando con trajes espaciales con que nos pintaban al año 2000 hace nada. ¿Qué sigue? Hasta de miedo preguntar.

Hasta enero de 2018, familia Alcántara. Mientras tanto, sigamos leyéndonos, cuadrilla de San Genaro.

sábado, 20 de mayo de 2017

Recordando al gato techero

En la entrada anterior, un gato era protagonista no deseado de los hechos. A propósito de esta historia, reproduzco otra historia también con gatos que ya apareció en este blog hace algún tiempo.
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En la casa de mi niñez, era lo más normal ver gatos techeros paseándose sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Los oíamos caminar por los bordes de las paredes que separaban las casas, a veces maullaban y muchas veces se peleaban con unos gritos que hacían que se nos erizaran los pelos.

Recuerdo algunos incidentes relacionados con gatos. Una vez, uno de ellos se paseaba de lo más tranquilo dentro del armario que estaba en el dormitorio principal. ¿Se imaginan abrir la puerta para sacar la ropa del día y que un gato salte desde adentro?

Otro episodio fue cuando la tía Angelita preparó pasta para un almuerzo especial y la puso a secar toda la noche en una mesa en el pequeño patio que había al fondo de la casa. Grande y amarga fue su sorpresa cuando descubrió en la mañana que el almuerzo especial lo habían tenido los atrevidos gatos en horario nocturno. Esa vez sí que supieron actuar en silencio.

Sin embargo, hay un incidente que recuerdo mucho porque duró varios días, tal vez hasta semanas.

En una de tantas veces vimos pasar uno de esos gatos, mi papá no tuvo mejor idea que poner un platito con leche para el pobre gato hambriento que pasara por ahí. Ahí estaba un gato blanco con manchas marrones disfrutando de tan inesperado banquete. Lo disfrutó tanto que al día siguiente pidió repetición. Y al día siguiente, ahí estaba el gato regalando maullidos, exigiendo su ración láctea. Por supuesto, sin ningún éxito pues la oferta solamente fue válida por ese día.

El gato era insistente, o simplemente tenía mucha hambre, pues día tras día maullaba para exigir su leche hasta que se cansaba y nos dejaba tranquilos hasta el día siguiente.

Como no hay mal que dure cien años, la primera solución fue agarrar al gato y soltarlo a una cuadra de la casa. Pero no duró mucho la tranquilidad, pues al poquísimo tiempo, ahí estaba el gato de nuevo, gran conocedor del barrio, exigiendo su leche. Día, tras día, tras día.

Entonces la solución fue más radical. Tras una refriega que duró algunos minutos, se logró meter al gato en una bolsa de plástico. Todos subimos al auto de mi mamá, y mientras Fina hacía tremendos esfuerzos para contener al gato dentro de la bolsa, enrumbamos al mercado que estaba como a diez cuadra de la casa.

Una vez en la parte de venta de pescados, pudo Fina soltar a su presa, aunque por los arañones con los que terminó, no podría decir quién era la presa. El gato salió como una saeta de la bolsa, no lo dudó un segundo ni miró atrás, y en instantes desapareció entre los compradores del mercado, confundido entre ruidos de intercambios comerciales, bocinazos, altavoces, motores en marcha y megáfonos con ofertas de todo tipo.

Nunca más vimos al gato. Nunca más se le dio leche a ninguno de estos felinos, que siguieron paseando y haciendo de las suyas, dueños de esos techos que creíamos nuestros.

domingo, 7 de mayo de 2017

Comensal inesperado

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La tía Angelita era una experta cocinera, para ella casi no había reto culinario que no pudiera derrotar. Casi...

Tenía la tía Angelita un molino para pastas, que usaba de vez en cuando. Recuerdo que mezclaba harina con otros ingredientes, amasaba todo y luego lo pasaba por el molino. Por el otro lado, salían unas tiras largas de pasta fresca que ella dejaba a secar toda la noche para preparar al día siguiente.

Todo el proceso era un gran acontecimiento en que mis hermanos y yo participábamos solamente como espectadores. Recién al final se nos permitía agarrar los pequeños restos de pasta que hacíamos pasar por el molino. Esa parte de la pasta estaba tan manoseada que era imposible pensar en que fuera para comer.

Ese día, la tía Angelita preparó su pasta como siempre. La dejó lista y estirada encima de enormes telas que tenía con ese motivo. Luego la tapó con otro trozo enorme de tela y la dejó a secar. Todo estaba encima de una mesa que teníamos afuera de la cocina, en una parte semitechada que estaba prácticamente al aire libre.

No recuerdo nada de esa noche en particular. Seguramente nos fuimos a dormir pensando en la delicia que comeríamos al día siguiente. Era algo que se repetía con cierta frecuencia, por lo que no tenía nada de excepcional... hasta ese momento.

Lo que sí recuerdo es lo que pasó al día siguiente. Los gritos ahogados de la tía Angelita muy temprano esa mañana. Sin entender nada, bajamos todos asustados, corriendo para ver qué motivaba el asombro enorme de mi pobre tía.

En ese momento se enfrentaba incrédula tal vez al único reto para el que no pensó siquiera que debía prepararse.

La pasta estaba toda revuelta, los trapos con que quedó tapada la noche anterior era una confusión arrugada y sucia. No hubo que pensar mucho para descubrir al culpable, pues había huellitas de gato formadas por harina por todas partes, y si se le seguía el rastro, iban de la pasta  por el suelo, subían por la pared y llegaban hasta el muro que separaba la casa con la casa vecina.

Fue la última vez que la tía Angelita usó el molino para pastas.

lunes, 24 de abril de 2017

Un buen samaritano

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Lo que voy a contar pasó hace poco más de un mes, un día de verano cualquiera.

Venía yo caminando por la avenida Benavides, hacia un supermercado que hay cerca de mi casa. Estaba a dos cuadras de llegar a mi destino cuando empecé a escuchar unos gritos desesperados, que no sabía si eran de una mujer o de un niño.

Yo no detuve mi camino, pero me movía la curiosidad de saber qué pasaba y si podía ayudar de alguna manera. No podía precisar de dónde venían los gritos, a pesar de buscar con la mirada hacia todos lados. No se veía nada que indicara qué situación podía estar provocando tanta desesperación.

A medida que me acercaba al supermercado, los gritos empezaron a ser más claros. Ya ahí logré entender que era una mujer y que gritaba a todo pulmón varias veces: ¡por favor, lléveme a San Felipe! Sus gritos se mezclaban con un llanto desgarrador.

Cuando ya me faltaba media cuadra para llegar, vi a una mujer joven que corría por la pista sin mirar por dónde iba, avanzando entre los carros, sin dejar que pedir a gritos que la llevaran a San Felipe. Intentó subirse a un taxi que paró casi totalmente por la luz roja del semáforo, la misma luz que había detenido mi camino y que me permitió ver todo con calma unos segundos.

El taxi siguió su camino aceleradamente, casi tiró al suelo a la mujer, pero ella logró recuperar el equilibrio de su paso y retomó su súplica al aire de que alguien la llevara a San Felipe. Eran las diez de la mañana, así que eran pocos los autos que pasaban por ahí, y ninguno se detuvo a mirar.

La mujer estaba justo en la entrada del supermercado al que yo iba. Mi idea fue entrar y pedir al encargado de seguridad que llamara a la policía municipal de Miraflores, lo que acá llamamos el Serenazgo, para que acudiera a ver qué pasaba.

Eso estaba dispuesta a hacer cuando de la tienda salió un hombre corriendo, tomó a la mujer por los hombros y la regresó a la vereda. Con eso, la mujer se calló. En ese instante de tranquilidad, el hombre la tomó por las manos y le preguntó con toda tranquilidad: "señora, ¿qué pasa, cuál es su desesperación?".

Desde donde estaba, a muy pocos metros, ya no logré escuchar lo que siguió.

Cuando entré a la tienda, pregunté al encargado de seguridad qué había pasado y me dijo que no sabía, que la mujer apareció de la nada gritando. Lo primero que pensé fue que, a pesar de haberla visto y de estar tan cerca de ella, nadie se acercó a ayudarla.

Nadie, salvo ese buen samaritano que, ojalá, haya logrado calmar a esta mujer desesperada y la haya ayudado a llegar a San Felipe, a donde quería ir con tanta desesperación.

viernes, 14 de abril de 2017

Estampas otoñales

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Tarde de otoño limeño, el sol se resiste a dejar de brillar y dar por terminado un verano que ha sido especialmente caluroso y cruel en muchas zonas del país. Un hombre mira su carro, puesto de cualquier manera al lado derecho de la pista. Una de las llantas de atrás está totalmente baja, y una llanta adicional yace en el suelo. Otro hombre que acompaña al primero le dice con tono de reproche: "se supone que la llanta de repuesto debe estar inflada y lista para cualquier emergencia".

Una pareja camina de la mano por la calle. En la mano libre, él lleva la correa de un perro pequeño que avanza a paso ligero que casi lo obliga a correr. Ella trata de mantener el ritmo que el perro le impone al hombre. Los dios ríen y luego miran a la mascota, que ha dejado en claro quién manda a quién.

Un niño señala con la mano un gato que duerme plácidamente en uno de los rincones de un parque miraflorino que se ha hecho famoso por albergar felinos por todos lados. El niño divisa otro gato más allá y también lo señala, luego ve que hay otro y otro. Al final opta por dejar de señalarlos y se deleita mirándolos de lejos, pasando de uno a otro con ojos traviesos y riendo a más no poder.

La carpa donde se reciben donaciones muestra cantidades enormes de paquetes, de cajas repletas de comida, de frazadas. Todo está empaquetado y embalado, listo para ser enviado a donde más se necesita. Al día siguiente, es evidente que son otros los innumerables paquetes que en horas llegarán a aliviar las necesidades en lugares donde durante días interminables el cielo no dejaba de mojarlo todo.

martes, 4 de abril de 2017

El partido imposible

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Este es un relato que preparé para un taller literario en el que participé el año pasado. El trabajo consistía en tomar una noticia real y desarrollar una historia ficticia a partir de ahí.
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Ese día jugaba Perú contra Colombia en la Copa América Centenario, un partido imposible pues para llegar a ese punto, la selección peruana había vencido a la siempre temible selección brasileña. Y por imposible que hubiera parecido apenas cinco días antes, los peruanos le habían ganado a los cinco veces campeones mundiales. A esas alturas, la discusión de si el gol había sido o no con la mano era irrelevante.

Lo importante era que Perú había eliminado a Brasil. Lo más importante es que era probable que Perú, el equipo de sus amores, podía conquistar la ansiada Copa América. Esa copa que había ganado una sola vez en el ya lejano 1975.

Había crecido oyendo de las grandes glorias del fútbol, “Challe, Mifflin y Cubillas, y el gran Perico León” como cantaba esa conocida polka que elogiaba un fútbol que solamente había visto en imágenes grabadas, en videos de YouTube, en conversaciones de su padre con sus tíos y otros amigos. Nunca había visto jugar en un mundial al equipo por el que deliraba. El de España fue mucho antes de que naciera, y cada cuatro años veía repetirse la agonía de derrota tras derrota, humillación en cada goleada, de los agoreros de la prensa y su “matemáticamente posible” que tanto odiaba.

Todas esas sensaciones quedaron atrás una noche de domingo, cuando Raúl Ruidíaz conectó la pelota y anotó un gol imposible. Lloraba casi con la demora de los árbitros en dar el veredicto de gol, y sintió que el corazón se le salía cuando por fin pudo gritar ¡¡¡GOOOL!!! con todas las fuerzas de sus pulmones. No le importó el debate que siguió, que si fue con la mano, que si fue válido, que si el árbitro vio bien. No. Lo que importaba era que Perú había ganado. Y como si eso no hubiera sido suficientemente increíble, el derrotado había sido Brasil, ese tótem del fútbol, ese temido rival que ahora quedaba fuera por lo que llegaron a llamar la “patita de cuy”, que jugaba con el apodo nacido de la corta estatura de Ruidíaz y la creencia popular de que la patita de ese roedor trae suerte.

Ese viernes, aún con la resaca por la victoria imposible, iba con toda la decisión de gozar el partido contra Colombia. Debía trabajar, pero iba a forzar que el jefe le hiciera un encargo para lograr salir antes. Qué curioso, lo mismo que normalmente rechazaba hacer era ahora la solución para ver el ansiado partido esa noche.

Hacia el mediodía, ya tenía asegurada la orden que le abriría las puertas de la empresa antes de las 6:00 de la tarde, hora habitual de salida, hora de salida que casi nunca era habitual. Nadie le impediría salir más temprano ese día, nadie sospecharía de sus planes. Es más, probablemente nadie notaría su temprana partida.

Salió con el sobre en las manos como si fuera un preciado tesoro. Total, lo era, le había dado la posibilidad de salir a tiempo. Lo cuidaba tanto como un viajero cuida su dinero cuando sale de su país.

Se fue rápido a entregar el sobre, caminó, casi voló la distancia que separaba una empresa de la otra. Misión cumplida, se dijo, ahora a lo importante. Faltaban casi dos horas para el inicio del partido.

Contó sus monedas, no le alcanzaba para tomar un taxi, así que se resignó a tomar un microbús. Descartó tomar el Metropolitano, sabía que los viernes en la tarde hay mucha más gente de la habitual y eso retrasaría sus planes. Además, no tenía tarjeta de usuario y el paradero más cercano estaba bastante lejano

Caminó hacia la avenida principal que le quedaba más cerca. Optó por tomar un micro que lo acercaría bastante a un punto en el cual podría tomar otro micro que lo dejaría a dos cuadras de su casa.
- Papayita –se dijo.

“Qué suerte la mía”, pensó una vez en el micro. Estaba vacío, encontró un buen asiento, el chofer tenía puesta una radio de deportes y los presentadores eran monotemáticos esa tarde: el partido con Colombia, el partido con Colombia, el partido con Colombia. No se oía nada más. 

Estaba feliz.

Sin darse cuenta, el cansancio, la emoción del día, el sueño, Morfeo, todos juntos lo vencieron. Seguro que hasta roncó un poco. No pudo saberlo cuando se despertó de un sobresalto, por una sacudida de un bache que seguro era enorme. No reconoció dónde estaba, preguntó casi a gritos. Vio que el micro ya no estaba vacío, había mucha gente parada, el corazón le latía a mil por hora. No se tranquilizó ni un poquito cuando logró escuchar que alguien decía el nombre de un paradero desconocido.

Se había pasado con exceso de su paradero. Se bajó a la volada, se cayó en su apuro. Con rabia vio que se le había ensuciado la ropa. “No solamente no me bajé donde debía, encima estoy con toda esta tierra encima”.

Miró el reloj. Faltaba menos de media hora para que empezara el partido. Ahí se dio cuenta de que la buena suerte lo había abandonado, de que debía correr si quería llegar a ver jugar a “su” bicolor tal como lo había planeado toda la semana.

Ya casi no había luz de día. Luego de preguntarle al dueño de un quiosco de periódico logró ubicarse. Lo malo era que se había alejado mucho. Lo bueno es que muy rápido llegó otro micro que lo llevaría a un punto conocido. Lo malo es que estaba reventando de gente. Lo bueno es que este chofer también tenía puesta una radio donde todos hablaban de fútbol.

Tenía un aspecto lamentable, la ropa sucia, la mirada desenfocada por el súbito despertar y por el susto posterior. Aun así, empezó a tranquilizarse.

En eso, escuchó el pitazo que marcaba el inicio del partido. El corazón le dio un salto. No era como lo había planeado, se dijo, pero seguro que lograba terminar viéndolo con sus amigos de barrio, con cervecita helada, montones de canchita serrana y tal vez algo de comer de verdad. Recién ahí se dio cuenta del hambre que tenía.

Se aguantó. No le quedaba otra. Por lo menos, estaba escuchando el partido.

A quince minutos del inicio, el micro se apagó. El chofer intentó encenderlo sin éxito. Después de varios intentos, les dijo a los pasajeros que bajaran, que se subirían a otro micro que ya venía. Que no debían pagar de nuevo, que no botaran su boleto.

De nuevo en la calle, ya era noche cerrada. Estaba muy lejos de su barrio todavía. No venía ni un solo micro, solamente autos a toda velocidad. Algunos pasajeros se organizaron, decidieron compartir un taxi entre cuatro. Total, todos tenían más o menos el mismo destino.

Pero ni siquiera pasaban taxis. O mejor dicho, los pocos que pasaban estaban ocupados.

Era lógico, todos en Lima estaban pegados a sus televisores viendo el fútbol. Igual hubiera estado de no haberse empeñado en llevar ese encargo, si hubiera salido a tiempo como todos los demás días.

Al menos pensó que se podía guiar por los gritos de gol, y se dio cuenta de que no había oído ninguno. No tenía saldo en su celular, no podía revisar el marcador por ahí. Preguntó a otro de sus compañeros de desventuras y así supo que estaban cero a cero.

El segundo tiempo estaba a punto de empezar. A pesar de todo, su fe por la selección seguía intacta.

Pasó un micro, pero no se detuvo. Estaba lleno a reventar. Pasó otro, se paró a media cuadra de donde estaban ellos, algunos corrieron a alcanzarlo, pero solamente tres tuvieron esa suerte. Los demás quedaron en la vereda, vieron partir el bus con cara de fracaso.

Decidió pues, caminar, no podía quedarse ahí esperando que cambiara su suerte. Caminó incontables cuadras, subió al primer micro que paró. Ya no había tanta gente en la calle, ya los afortunados estaban en su casa gozando del fútbol, que seguía sin goles.

Se bajó lo más cerca de su casa, casi a veinte cuadras de su destino final. En su alocada carrera, logró ver en una tienda que el partido había terminado en empate y corrió las últimas cuadras con la firme decisión y seguridad de lograr ver los penales sentado al lado de sus patas. 

Caminó, caminó rápido, trotó, corrió tan rápido como pudo. Oyó ahogados gritos de gol a la distancia. Pensó que no eran suficientes para lograr la victoria, pero siguió corriendo con la fe en alto.

Llegó por fin al punto de reunión de sus amigos. Lo encontró vacío. Desolado. Botellas vacías por todos lados le anunciaban que ya todos habían partido a casa. Tan derrotados como esa bicolor a la que habían decidido alentar una noche de viernes.

La noche de ese partido imposible.

sábado, 25 de marzo de 2017

Terror en la noche

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Un ruido te despierta de golpe. Lejano primero, más cercano segundos después. Esforzando la vista todo lo que te permite tu alta miopía, la que te acompaña desde tu infancia, logras divisar el luminoso contorno de unos números rojos en tu mesa de noche: 3:08.

“Tres de la mañana”, te dices. Reniegas para tus adentros. “¿A qué hora me volveré a dormir, y todo gracias a un ruidito que seguramente nadie más oyó?”.

En eso, nuevo ruido, pero ya no es uno solo. Son varios. Algo crepita, pero ni que hubiera una chimenea para oír crepitaciones.

Los ruidos se repiten, interminables. Se van acercando, son cada vez más rápidos. No atinas a nada, pero tu cabeza es una sucesión imparable de pensamientos: no sabes si levantarte o si sentarte, no sabes si esperar en silencio o preguntar si hay alguien. Descartas todo, no sabes qué hacer. Lo único que sabes es que probablemente te estás enfrentado a una de las pocas ocasiones en tu vida en que puedes no ponerte tus lentes y verás lo mismo que quien sea que esté haciendo esos ruidos. Nadie verá nada. Tienes además la ventaja de estar en tu casa, en tu territorio que, nunca mejor dicho, puedes recorrer a ojos cerrados.

Sigues sin saber qué hacer. Tus dudas te acechan, incluso decidir no hacer nada implica tomar una decisión, pero con todo el cuerpo paralizado, hasta tu cabeza se niega a pensar. No hacer nada parece ser lo más sensato.

Mientras tanto, el ruido crepitante va y viene. Definitivamente son dos pares de piernas los que hacen los ruidos. Una sola persona no puede moverse tan rápido y estar un segundo aquí y al siguiente muchos metros más allá.

Por tu cabeza empiezan a pasar decenas, no, cientos de imágenes y relatos de mujeres muertas en ese canal de televisión que te encanta ver. Ese que por abreviar llamas el “canal de los muertos”. ¿Hubieras creído si alguien te hubiera dicho que tu historia iba a nutrir la programación de ese canal?

Te dices que la cosa es seria, que no estás para pensar tonterías así, menos en este momento. Te recriminas internamente: “segurito que no cerraste bien la ventana y han entrado por ahí”. 

Cuando alejas los pensamientos, te das cuenta de que los sonidos suenan más cerca de ti. La parálisis ha llegado a tal punto que ni tu garganta puede soltar un grito. Los sonidos ya están prácticamente a tu lado, te resignas a tu suerte, te preparas para sentir un par de manos que empezarán a ahorcarte o quién sabe qué. Te empiezas a preguntar si el cuchillo que te van a clavar estará muy frío... como si eso importara ya.

Dicen que tu vida pasa frente a tus ojos en momentos así. Pero a ti no se te pasó la vida. No, se te abrió la mente. El terrorífico crepitar era el sonido que hacía la lluvia al caer sobre el techo de calamina que está al lado de tu ventana.

Recuperas tu cuerpo.

Buscas los números rojos luminosos y, aunque borrosos, distingues perfectamente que son las 3:09.

Nota: este es un texto que escribí para el taller de crónicas que estoy llevando actualmente. El tema era lluvia.
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Como probablemente sepan, el Perú está atravesando momentos difíciles por el paso del Niño costero. Tenemos varios días en que las noticias solamente hablan de lluvias, inundaciones, daños y desolación... pero también de solidaridad, de voluntarios, de ayuda, de donaciones. Es que hasta en los peores momentos se puede rescatar lo bueno. Gracias a los que me escribieron y me mostraron su preocupación ante las malas noticias.

miércoles, 15 de marzo de 2017

La cortanta

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La inolvidable tía Angelita estaba llena de historias. Todo el montón de sobrinos que cuidó a lo largo de su vida recuerdan muchas de esas historias, pero extrañamente hay una que parece que no recuerda nadie más que yo.

El papá de la tía Angelita era español, natural de Extremadura. Se llamaba Francisco Martínez Camino. Vino ya con algunos años encima al Perú en la época del caucho. Lo imagino también lleno de historias, imprescindibles en esa época y en esos lugares inhóspitos sin televisión ni cine ni radio. Probablemente hasta sin libros.

Decía la tía Angelita que decía su papá que hasta las diez de la mañana, a la tijera se le llamaba cortanta. Nunca tijera, porque era de mala suerte. Creo recordar que el peligro era peleas entre personas queridas si uno quebrantaba esa regla.

Decía también que nunca, por ninguna razón, se debía dejar la tijera, o cortanta según la hora, abierta. La plata se escapa por entre las hojas separadas, decía.

Con esas dos advertencias en torno a las tijeras crecí yo, y de las dos, la única que pongo en práctica con devoción es la de cerrar toda tijera que encuentro abierta. Es más fuerte que yo: si veo una tijera abierta, la tengo que cerrar.

Lo raro es que nadie recuerda ninguna de estas recomendaciones referidas a las tijeras. Mi abuela materna, sobrina de mi tía Angelita, era una experta costurera que abastecía a casi todo Yurimaguas con sus confecciones. La tijera era una parte imprescindible de su trabajo, y pese a ello, nunca pareció preocupada por cerrarla cuando la dejaba a un lado al coser.

Cuando recordé ese detalle y lo junté con la historia de la cortanta/tijera que no se podía dejar abierta, pregunté a cuanta persona de mi familia hubiera podido conocer la historia. No tuve éxito, nadie recuerda siquiera la existencia de la palabra cortanta.

Busqué en internet la palabra cortanta, y no existe. Y si no existe en Google es casi como para decir que no existe en el mundo, ni real ni virtual.

A estas alturas, ya no sé si soñé la historia de la cortanta y la recomendación de no dejar la tijera abierta.

lunes, 6 de marzo de 2017

Mi reino por una vela

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Hace pocos días tuvimos una interrupción de energía eléctrica. Varios distritos de Lima se vieron afectados, yo estuve ente los afectados. A raíz de estos hechos, me mandaron estas reflexiones que publico a continuación.
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No fue exactamente un día, sólo nueve horas. ¡NUEVE HORAS! ¿Qué pasó? "Avería masiva", decían en la empresa cuando todavía contestaban el teléfono. Después solamente una grabación, el problema afectaba a varios distritos de la Gran Lima.

Comenzó a la 11 de la mañana. Sin microondas, sin hervidor eléctrico, sin televisión, sin computadora, ¡sin Internet! ¡Qué se puede hacer sin Internet!

Así terminó la mañana, así continuó la tarde, calurosa e interminable tarde. Empezó a oscurecer. Velas, ¿tenemos velas? Encontramos una vela usada y pequeña. Voy a la bodega de la esquina y compro un paquete que contiene cuatro velas. Ya llega la noche. Precavidamente vuelvo a la bodega para comprar una botella de agua. La bodega ha cerrado y solo nos atienden por una ventanilla. Hay una fila de gente, todos piden velas. No hay, les dicen. O sea, yo compré el último paquete. Me siento culpable y regreso a casa. Luego pienso, ¿y si les ofrezco algunas de las velas del paquete? ¿Me las quitarían de las manos como hambrientos de luz? ¿Cuánto vale una vela? ¿En cuánto la podría vender? ¡Ay! ¡Ay! Qué dilema de conciencia.

Cada vez oscurece más y hay que encender las velas. No está tan mal a pesar de todo. La noche de este caluroso verano comienza a refrescar, no hay nada que hacer y conversamos.

Y de repente, plum, vuelve la luz, se encienden los focos, suena la bomba de agua, todo se ilumina, la vida vuelve a la normalidad. Fueron nueve horas para recordar que dependemos de la electricidad para muchas cosas, pero que aún así la vida continúa, y hasta para pensar en cuánto puede costar una vela cuando la necesitamos para sobrevivir.

viernes, 24 de febrero de 2017

Otras estampas veraniegas

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Un hombre carga tres botellones de siete litros de agua cada uno. En total, lleva en ambas manos 21 litros que se usarán para aliviar los calores de este largo y ardiente verano. El hombre se detiene en un intento inútil de retomar aire, secarse el sudor y refrescarse algunos segundos antes de seguir su camino.

Una pareja camina por la calle conversando animadamente. De repente, la mujer se queda rezagada, se saca una de sus sandalias y deja ver una pequeña herida en la parte de atrás del pie, causada justamente por su propio zapato. La herida es muy chica en tamaño, pero enorme en efectos porque casi no le permite caminar. El hombre detiene su marcha para esperarla, pero la situación parece no tener remedio. Otra transeúnte que lo ha visto todo de lejos se acerca a la mujer y le entrega dos curitas. Ella las recibe, y la pareja se mira asombrada ante un hecho que debe haberles parecido un pequeño milagro.

Un grupo de niños juega tenis en un club muy cerca del mar. Son escolares de vacaciones en una de tantas actividades para que "no se aburran" en los meses de verano que los hace despertarse casi a la misma temprana hora que en los meses de colegio. Sus gritos son entusiastas, pero vistos desde lo alto, más de uno parece no tener ganas de estar ahí.

Las tiendas de ropa están rematando las prendas ligeras de manga corta y con el cartel de AVANCE DE TEMPORADA anuncian ofertas para artículos que probablemente se usarán dentro de algunos meses.

lunes, 13 de febrero de 2017

La vida simple

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Otra vez, publico un texto que me envió alguien que lee este blog y se animó a mandar recuerdos de la vida simple.
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Tienen sus casonas bellas
Las puertas de par en par

Así reza el hermoso vals de Chabuca Granda, "Zeñó Manué". Y así también estaban las puertas de las casas en mi amado y añorado pueblo, siempre abiertas de par en par. Y cuando llegaba un familiar o una visita, se anunciaba con un golpe de nudillo y con un típico "uu-uu", mientras ingresaba al interior sin más esperas. Porque sabía que iba a ser recibido con sincera y cariñosa bienvenida.

En las noches calurosas del eterno verano tropical, las familias colocaban sillas y mecedoras junto a la puerta de calle, al borde de la vereda, para recibir el fresco, comentar las ocurrencias del día y saludar a los amigos que pasaban por el lugar.

Mi casa quedaba al lado del único cine del pueblo, y era inevitable el paso de los espectadores cuando entraban o salían de las funciones vespertinas o nocturnas. Algunos amigos se detenían un momento para saludar o cambiar impresiones sobre la película que acababan de ver.

Pero cuando menos se esperaba, como suele suceder en la zona amazónica, se desataba una lluvia torrencial que podía durar una hora o toda la noche. Entonces había que entrar a la carrera a la casa, guardar sillas y mecedoras y cerrar puertas y ventanas. Cómo olvidar esos tiempos, esa vida sencilla y sin malicia, la vida simple, las puertas de par en par.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Accidentado examen

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Esta historia ocurrió hace años, cuando estaba en la universidad. Quien protagoniza los hechos ha autorizado que los cuente, con la condición de ocultar su verdadera identidad, por lo que se le conocerá como R. Aquí va su historia.

Casi a mitad de carrera debíamos llevar el curso de Derecho de Familia. El profesor era un abogado bastante joven, tenía dos años más que sus alumnos. Era jovial y dado a la broma fuera del salón, aunque durante las clases nos trataba de usted y nos decía doctores, como se acostumbra decir a los abogados en estos lares. Nosotros éramos más irreverentes, lo tuteamos desde el primer día de clases.

Resulta que R siempre sacaba buenas notas en las prácticas semanales de Derecho de Familia. Nunca menos de 18*, por eso cuando en el examen parcial sacó 14, al profesor debe haberle extrañado. A mitad de ciclo, un profesor ya tiene una idea bastante clara del rendimiento de sus alumnos, al menos es lo que creo.

El día de la entrega de notas, el profesor llamó a R a un costado y le preguntó por qué había sacado una nota menor al promedio acostumbrado en las semanas previas. R no contestó. El profesor insistió, R respondió con evasivas. Por tercera vez, el profesor quiso saber si R estaba pasando por algún problema personal y hasta le ofreció ayuda. R se sintió mal ante tanta preocupación y confesó la verdad:
- ¿Sabes qué? Lo único que quería ese día era entregar el examen y salir.
- Sigo sin entender...
- Es que no me aguantaba las ganas de ir al baño.

El profesor estalló en la carcajada más sonora que se había escuchado nunca en los pasadizos de la facultad de Derecho. R notó que todos sus compañeros voltearon a ver qué pasaba, pero a esas alturas ya se había unido a las risas del profesor:
- ¿Y por qué no me pidió permiso para salir? -preguntó intrigado el profesor.
- Porque pensé que no me ibas a dejar, que pensarías que iba al baño para copiar alguna respuesta.
- De ti no lo hubiera creído jamás -contestó muy en serio pero sin dejar de reír.

Así pasó el resto del ciclo en el que R siguió cosechando notas altísimas en las prácticas semanales. Hasta que llegaron los exámenes finales, que serían orales. R entró en el último grupo de ese día, compuesto por ocho personas. Al ver a R, el profesor dijo:
- Doctores, si alguien tiene alguna necesidad fisiológica en el transcurso del examen, siéntase en libertad de pedir permiso para salir.

R no se inmutó, pero entendió el mensaje. Sonrió en silencio.

El profesor repartió a cada uno un caso hipotético sobre el cual versarían las preguntas. R va al final, le tocó ser conviviente, no cónyuge, que tiene un restaurante compartido con su expareja, que ha abandonado el hogar común. R quiere reclamar la mitad de las ganancias del restaurante pues finalmente los dos han invertido y gastado en el negocio, y la pregunta concreta es "¿cómo probar el vínculo si la pareja ya se separó?".

R responde:
- Con estados de cuenta bancarios de ambos convivientes donde figura la misma dirección para los dos -dice, creyendo que lo sabe todo.
- Estamos en el Perú, mucha gente no confía en el banco, guarda el dinero en el colchón. No hay estados de cuenta.
- Mmm... Cartas, recibos de luz, de teléfono.
- No hay nada de eso, viven en una invasión de tierras en casas hechas por ellos mismos. Prácticamente no tienen servicios públicos.
- Con el contrato de alquiler del restaurante.
- No hay contrato escrito, todo fue de palabra -R tuvo en un instante un baño de realidad peruana.

R recurre a muchas otras soluciones que el profesor desvirtúa una a una, hasta que se le acaban las ideas y casi ya al borde de la desesperación, dice: "un momento, yo soy la persona del ejemplo, ¿no? ¡Pues yo sí guardo mi dinero en el banco, yo sí firmo un contrato de alquiler!".

El profesor soltó su ya conocida sonora carcajada y mandó a todos afuera del salón sin mayores detalles.

R pasó Derecho de Familia con un promedio de 19.

*En el Perú, la nota máxima es 20.

sábado, 21 de enero de 2017

Helado de piña

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La niña llega inesperadamente de visita un sábado de verano. A poco de haber llegado, se te acerca y te pregunta con ojitos pícaros:
- ¿Hay helado?- como sabe la respuesta, no espera para volver a preguntar-. ¿De qué sabores?
- Hay de cereza y de vainilla con fudge y bolitas de chocolate.

La misma mirada pícara te indica algo, y sin esperar palabra de su parte, le preguntas:
- ¿Quieres ir a comprar un helado?

Sus ojos se iluminan, no necesita decirte nada para que la escuches. Camina contigo hasta donde guardas las monedas y juntas cuentan. Le preguntas si seis monedas serán suficientes, ella te dice que alcanza de sobra, que siempre exageras. "Puede ser, pero es mejor que no falte", piensas.

Caminan los pocos pasos que separan la casa de la tienda, la dueña las saluda y ves a la pequeña que se apresta a escoger su helado:
- No sé si lúcuma o maracuyá -casi piensa en voz alta, mientras te mira pidiendo una opinión.
- A mí no me gusta ninguno, yo escogería el de guanábana.

No le convence tu preferencia, opta por el de maracuyá. Siguiendo una costumbre que no sabes de dónde adquirió, no agarra el helado que está encima sino que rebusca y saca uno de más abajo. A la hora de pagar, solamente necesitas dos monedas, y encima te dan vuelto. Ella te mira, y con sus expresivos ojos te dice claramente: "¿ves que trajiste mucho?".

Abre el helado, le da una mordida. Su cara te indica que le gusta el sabor de su helado amarillo. Te ofrece, y aunque no es un sabor que hubieras escogido, muerdes un trocito. No tiene el sabor ácido del maracuyá. Entonces, ella dice:
- Qué raro maracuyá, tan dulce...
- ¿Estás segura de que era maracuyá?

Miran la envoltura que acaban de soltar y que corona el basurero de la tienda. Entonces ven claramente la palabra PIÑA*, acompañada de un dibujo que no deja lugar a dudas.

*La palabra piña se usa en el Perú como sinónimo de mala suerte.

jueves, 12 de enero de 2017

La papaya delatora

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Más de una vez he contado en esta bitácora los recursos a veces no muy transparentes de algunos autoservicios para sacar una mayor provecho del cliente. Felizmente, hasta ahora no he caído en ninguna de esas trampitas... al menos, es lo que quiero creer.

Me pasó de nuevo pocos días después del cambio de año, en la que creo que fue mi primera vista de 2017 a un supermercado al que voy con mucha frecuencia porque queda muy cerca de la casa. Mi lista de compras era muy breve, y uno de sus puntos era papaya.

El precio de la papaya en Lima puede llegar hasta los cuatro soles por kilo. Eso es un poco más de un dólar. Como es una fruta muy popular y parte casi imprescindible de nuestros desayunos a lo largo de todo el año, las tiendas suelen ofrecerla a precio rebajado con mucha frecuencia.

Ese día, vi un cartel muy grande que decía: "PAPAYA, S/.1.99 kilo". Imposible resistirse cuando un artículo que prácticamente de todas maneras vas a comprar está a mitad de precio. Entre todas las papayas dispuestas de manera ordenada, agarré una que tenía el peso y el precio en una etiqueta autoadhesiva. En resumen, la información que contenía claramente visible era que esa papaya pesaba poco más de tres kilos, por lo que su precio total era algo superior a seis soles (algo menos de dos dólares).

Escogí las demás cosas de mi lista y me fui a la caja para pagar.

Por quién sabe qué circunstancia, la papaya fue lo primero que puse en la faja. Por quién sabe qué circunstancia, me quedé mirando para ver qué precio marcaba la pantalla de la caja cuando la cajera pasó el código de barras por la lectora. Y grande fue mi sorpresa cuando vi que aparecía en grandes y luminosas letras verdes que el precio por esa papaya se acercaba a los 12 soles. Prácticamente el doble de lo que marcaba la etiqueta autoadhesiva:
- Señorita, el descuento sale al final, ¿no? Cuando lleguemos al final de la cuenta, ¿no? -dije yo.
- ¿Descuento? -me contestó, sin saber a qué me refería.
- El descuento de la papaya. Mire el precio en esta etiqueta y mire el precio que su caja acaba de registrar.

Cuando vio la discrepancia, me preguntó de dónde había sacado esa papaya. Le contesté que del lugar de siempre, que encima había un cartelazo (recuerdo muy bien haber usado esa palabra) indicando el precio de la oferta. Desde donde estábamos los podíamos ver claramente, pero igual se lo señalé.

No había más que decir. Bueno sí, podía decir que ya no llevaba la papaya si la cosa era con trampa.

Entonces, la cajera llamó a su supervisora, que en esta tienda siempre está rondando las cajas. En verdad, son sumamente rápidas para solucionar las situaciones que se presentan en las cajas. La cajera le explicó lo que había pasado, la supervisora lo verificó con una rapidísima mirada y, sin dirigirse a mí en ningún momento, simplemente le ordenó a la cajera:
- Rebaja el peso de esta papaya todo lo que sea necesario para que coincida con el precio total que marca la etiqueta.

Dicho eso, se fue. La cajera hizo los cálculos en su caja y el precio que marcó al final, el que me cobró, fue exactamente el que aparecía en mi etiqueta: poco más de seis soles. Toda la operación que describo tomó varios minutos, y la demora no solamente fue para mí. Ya detrás en la cola había dos personas más. Así que no me pude resistir y dije:
- ¿Ya ve lo que pasa cuando quieren pasarse de vivos? Lo que normalmente toma segundos nos ha hecho demorar a todos.

La cajera no me miró, se limitó a decirme el total. Yo pagué y me fui. Pero no me fui propiamente, sino que busqué a el módulo de atención al cliente y le conté todo lo que acababa de pasar a la persona a cargo. Su respuesta fue que ya lo iban a solucionar porque otros clientes habían reclamado antes que yo.

Entonces me quedé pensando que fue una gran suerte haber elegido una papaya con el precio marcado. De haber agarrado otra cualquiera, sin precio, que es como suelen estar, tal vez ni hubiera notado la diferencia en el precio.


martes, 3 de enero de 2017

El discreto encanto de la cortesía

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Hace algunas semanas tuve una pequeña intervención en la cara, justo debajo del ojo izquierdo. No fue nada serio, pero implicaba un corte con sutura. Fui al consultorio del dermatólogo un martes en la tarde y menos de media hora después salí de ahí con cuatro puntos escondidos debajo de una gasa.

La indicación era sacarme la gasa al día siguiente, los puntos debían quedarse una semana. Y todo se cumplió al pie de la letra.

Cuando me vi al espejo una vez retirada la gasa, para mí fue muy notorio el hilo de color negro que surcaba mi cara en paralelo a la línea de la nariz. Al día siguiente, además del hilo tenía un moretón grande y visible. Parecía el símbolo de la campaña #NiUnaMenos, ni más ni ídem.

De ninguna manera, esa circunstancia detuvo mi vida. Con el lado izquierdo de la cara así marcado salí a la calle varias veces, me embarqué en trámites de diversa índole, fui al banco, hice compras, todo normal y dentro de mi rutina.

Esta circunstancia me hizo observar la reacción de las personas al ver una marca que,  por su expresión, era obvio que pensaban que venía de un golpe. Afortunadamente, no formo parte de esas lamentables estadísticas de maltrato que tanto lamentamos (algunos, al menos) cuando las vemos en las noticias. Pero no me impidieron intentar ponerme en el lugar de quienes sí muestran signos de violencia.

En el banco, en la caja del supermercado, en todos los lugares donde me atendieron en muchos momentos en esos días la reacción de las personas al notar la marca morada era la misma: fruncían las cejas, se me quedaban mirando disimuladamente durante décimas de segundo o abierta y largamente si no estaban exactamente frente a mí. Lo mismo pasó con dos personas con las que me encontré en la calle.

Ninguna de esas personas se atrevió a hacer un gesto más evidente que fuera más allá de la reacción instintiva. Solamente personas de mucha confianza me preguntaron qué me había pasado. Me daba cierto alivio esa cortés discreción, pues estar explicando lo mismo más de una vez era un poco pesado. Imagino que una persona en una situación distinta a la mía podría sentirse corta de contar "la verdad", o tal vez se sentiría apoyada ante una muestra de solidaridad.

Espero no averiguarlo nunca.

De esos días solamente queda el recuerdo ya, algunas fotos y una mínima marca del tamaño de un punto que cada día va disminuyendo. Y la sensación de que la cortesía puede no ser útil a quienes necesitan que alguien los escuche.
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Esta es la primera entrada de 2017. A todos les deseo un año positivo y mejor que los anteriores.